En el páramo de Chingaza el turismo restaurativo quiere saldar la deuda que dejó la explotación minera

Esta es la historia de Nostoc

“Los campesinos son pragmáticos científicos activos, cuyo trabajo refleja las necesidades sociales y cuyo laboratorio resulta ser la naturaleza”. Oscar Wilde.

Luis Jaime AlmecigaCon más de siete décadas a cuestas, Luis Jaime Alméciga sonríe placentero mientras sostiene entre sus manos campesinas una bacteria llamada Nostoc, en uno de los ecosistemas más importantes del país, enclavado en las montañas de la Cordillera Oriental, a escasos kilómetros de la urbe compleja, y cada vez más grande, que es Bogotá.

Allí, entre esas nubes asombrosas que rodean al Páramo de Chingaza, Luis se emociona hablando, tanto de las veces que ha visto osos en esa montaña, como de lo que es capaz de hacer ese organismo unicelular. “Acá hay una historia bonita”, cuenta al tiempo que señala las paredes de lo que funcionó durante más de 50 años como la Mina Palacio, de la cementera Samper, de la que se extraía la piedra caliza que, además de darle el nombre al municipio de La Calera, fue trascendental en la construcción de las edificaciones de Bogotá y del país en general.

“Luego de que cerraron la mina a finales de los noventas, ahí quedó la roca pelada donde nació la primera alga, y con ella volvió la vida que fue borrada por la degradación de la cementera”, explica emocionado. “El Nostoc empieza como una uva bien templadita pero a medida que pasa el tiempo se va como encogiendo, como arrugando, luego se descompone y se convierte en polvo; el polvo queda ahí en ese piso pelado, en la roca, y en la época de invierno, con la humedad, se convierte como en un lodo, en un barro que reforesta el suelo”.

Colombia es una esquina privilegiada del mundo por varias razones. Una de ellas es que nuestro país concentra el 50 por ciento del total de los páramos del planeta Tierra, nada más y nada menos que eso. El de Chingaza, por ejemplo, significa el lugar de nacimiento del 80 por ciento del agua con la que se abastece Bogotá y sus más de nueve millones de habitantes.

El Nostoc llegó a ese escenario particular como una posibilidad de restaurar el ecosistema, marcado por una historia de explotación minera que, en este caso, cesó en 1999 cuando cerraron la mina pero que, en general, continúa siendo un riesgo que, pese a toda lógica y advertencias, sigue estando latente para esas fábricas de agua sin las que la vida simplemente no sería viable.

A la bacteria, que de manera maravillosa regenera el suelo del páramo, se suma la voluntad de la familia de Luis, de tradición ganadera, en alianza con un grupo de profesionales que buscan, a través de excursiones en el territorio, acompañadas de enseñanza y sensibilización ambiental, desarrollar un turismo restaurativo que, además de recrear a quienes decidan aceptar la invitación, también saldará la deuda que tenemos todos con el Páramo de Chingaza, donde por tanto tiempo funcionó la cementera.

“Gracias al horno Polysius, salían diariamente 150 toneladas de ese material con el que no solo se construyeron edificios, puentes y carreteras, sino también avenidas tan significativas como la de la 26”, afirma Jorge, un extrabajador de la Mina Palacio que ahora recuerda esas épocas de oro desde su casa en el tradicional barrio Niza, de Bogotá.

Julián Fernández, uno de los profesionales creadores del proyecto que lleva el mismo nombre de la bacteria, asegura que su iniciativa le apunta a varios objetivos. “Uno es el de la construcción de un laboratorio creativo que hemos llamado Célula Restaurativa. Un lugar donde se trabajará la apropiación por el territorio a través diferentes experiencias vivenciales con los visitantes, mientras se implementa un plan de restauración del ecosistema degradado”.

Páramo Chingaza

Sumado a eso, Nostoc también contempla la creación de un museo que dé cuenta de la historia de la Mina Palacio, y del pueblo que levantó Cementos Samper muy cerca de La Calera y que, ahora deshabitado, ha tejido toda clase de misterios. El pueblo fantasma, que llama la atención de quienes transitan una de las vías que llega al Parque Natural Chingaza, creado en 1977, y que inspiró el documental ‘La Siberia’, realizado por Gerrit Stollbrock e Iván Sierra, en el que uno de sus protagonistas es el padre de los Amézquita, ya con 96 años de edad.

“El proyecto busca además aportar ideas creativas para que esta familia campesina diversifique sus actuales actividades económicas –revela Julián–. Con sus aportes va a ser posible la creación de la primera célula restaurativa, por eso los invitamos a convertirse en embajadores del páramo, cuidando su integridad ecológica mientras viajan y descubren ese sitio tan especial que está tan cerca de Bogotá”.

En www.nostoc.com podrá saber más sobre este proyecto con el que una familia campesina y un grupo de profesionales buscan restaurar el ecosistema de uno de los páramos más importantes del país.

Mail: turismorestaurativo@gmail.com
Celular: 3138473175

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