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Con #MisCerrosMiCiudad, El Ejército de la Tierra espera conectar a los capitalinos con los cerros de Bogotá mediante la reforestación. Foto: Cortesía de la Fundación Ejército de la Tierra.

Pese a estar rodeados de  humedales y bosques, los capitalinos tienen una deuda grande de árboles.

Plantar un árbol se ha convertido en una oportunidad económica de salvar el aire que se respira y aportar a la sostenibilidad. Desde donar lombrices, tierra o una planta, hasta hacerle monitoreo a los individuos arbóreos, son acciones que podrían mejorar considerablemente zonas en estado de emergencia.

Seguramente a muy pocos pasos de su casa hay un árbol, un parque o hasta un corredor ecológico que le provee oxígeno y lo conecta con la naturaleza. Sin embargo, esa cobertura arbórea es apenas un punto verde de 1.013 hectáreas en 1.775 kilómetros cuadrados de extensión de una ciudad edificada. 

Según cifras del Observatorio Ambiental de Bogotá, en la capital hay 0.16 árboles por cada habitante, es decir, a cada seis personas les corresponde un árbol, a diferencia de ciudades como San francisco y Filadelfia, en donde se alcanza la unidad por persona.

Basta con fijar la mirada hacia la parte suroriental de la ciudad para darse cuenta de que más de la mitad de las montañas están al descubierto, solo se ven las cicatrices que deja la minería a cielo abierto. Por el lado noroccidental, la vista es una sábana de concreto y de fábricas echando humo.

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Hayuelos, arrayanes, espino blanco, garbancillo y caucho sabanero son algunas de las especies que crecen en la Escuela Ambiental.

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Durante la siembra de 200 árboles, los voluntarios estuvieron acompañados de la CAR, JBB, Secretaría de Ambiente, la Sociedad Civil y algunos colegios y universidades. Foto: Cortesía de la Fundación Ejército de la Tierra.

Por esas razones, en la actualidad, diferentes fundaciones dedicadas a la concientización, restauración y reforestación, hacen jornadas con estudiantes, comunidades y empresas, que mediante donaciones y voluntariados siembran en la sabana, los cerros y las localidades más carentes de zonas verdes.

Para sembrar en espacios públicos dentro de la capital, son necesarios el apoyo y los permisos del Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis (JBB), razón por la que algunas fundaciones realizan sus actividades a las afueras de la ciudad, donde, según Ana María Moreno, coordinadora ambiental de la Fundación Red de Árboles, “es mucho más urgente, ya que se necesita apaciguar el impacto que generan las grandes fábricas, los botaderos, las canteras y algunos cultivos”.

Actualmente, Red de Árboles tiene diferentes programas para sembrar en lugares como La Sierra de Majuy (Cota) y el Cerro La Conejera (Suba), donde ya se han sembrado 20.000 especies nativas en dos años.

Ejército de la Tierra

 

En los Cerros Orientales, donde la cobertura boscosa es aparentemente espesa, hay otros grupos independientes como el Ejército de la Tierra, que desde hace dos años trabaja con estudiantes, comunidades y otros grupos ambientales con el fin de restaurar dicho corredor verde y, de paso, plantar especies nativas en reemplazo de pinos, eucaliptos y acacias.

“No se trata de satanizar lo que ya está. Sabemos que una gran parte de los cerros tiene especies invasoras que no pertenecen a estos ecosistemas, pero ya se ha vuelto algo emergente”, dice Joaquín Caraballo, miembro del Ejército de la Tierra, donde se inició la prueba piloto #MisCerrosMiCiudad, el pasado 24 de abril (Día de la Tierra), en la que se sembraron 200 árboles en dos hectáreas.

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De cada semilla sacan tres cosechas hasta obtener simientes libres de transgénicos.

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Además de sembrar y cosechar, las generaciones más jóvenes reciben talleres de concientización y cuidado del medio ambiente.

Un parque para curar la tierra

 

Mientras a un extremo de la ciudad se lucha por conservar, al otro se lucha por recuperar. Este es el caso de Ciudad Bolívar, donde desde hace más de 20 años la minería ha sonsacado tierra de la montaña, afectando un importante ecosistema de acuíferos, conocido como subxerofíticos, el cual, aunque aparentemente es desértico, tiene una riqueza biológica de fauna y flora.

“Desde que logramos cancelar la licencia de explotación, decidimos que la montaña podría ser el Parque Ecológico Cerro Seco, pues esta localidad no tiene espacios verdes para la conservación y educación”, dice Neider Soto, integrante de la mesa ambiental ‘No le saque la piedra a la montaña’.

Junto a Soto, habitantes de Potosí y algunos estudiantes universitarios crearon la Escuela Ambiental, donde han ido sembrando muchas de las especies que esperan trasplantar cuando logren constituir el parque, donde ya existen lagunas, un pequeño bosque nativo y el conocido Árbol del ahorcado que, por sus leyendas, se ha convertido en un ejemplo de resiliencia y vida en medio de la minería.

Más allá de cavar un hueco

 

Además de espacios para sembrar, a Bogotá le sobran grupos que promueven la conservación y la reforestación. En ellos, a decenas de personas no les importa untarse de tierra y caminar por horas entre el bosque y la montaña para poner una planta que luego les dará sombra.

No obstante, aunque ayudar en estos casos es fácil, hay que saber hacerlo. En ocasiones, por ejemplo, algunas personas donan especies que pueden ser perjudiciales para la zona, como el Kiri o el retamo espinoso, que se usa para hacer cercas vivas y que ahora está acabando con los páramos.

“Adoptar no es solo cavar un hueco, hay que cuidar la planta luego de sembrarla y también hacer una investigación previa del lugar para saber si tiene las condiciones para sobrevivir”, señala Moreno.  Lo que ella dice se evidencia, por ejemplo, con algunos árboles de la misma especie, pues su respuesta varía dependiendo de si están ubicados en el norte o en el sur de la ciudad, en zonas donde llueve mucho y donde llueve poco.

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Dos veces al mes la fundación Red de Árboles convoca entre 30 y 40 voluntarios, quienes reciben certificado. Foto: Cortesía de la Fundación Red de Árboles.

La maleza es para salvar

 

Una forma práctica de restaurar y recuperar los bosques nativos es la sucesión ecológica, un proceso que se puede iniciar con la plantación de especies colonizadoras como la maleza –que  se caracteriza por crecer rápido– y añadir materia orgánica en descomposición hasta preparar el suelo para que crezcan arbustos, los cuales evitan que las plagas invadan a los que serán los dominantes, como los robles​, nogales, alisos, arrayanes y otras especies que, una vez son adultas, pueden competir con las invasoras.

Daniel Ramírez, biólogo de El Ejército de la Tierra, destaca que Bogotá se caracteriza por una amplia diversidad de especies de árboles, como cedros, cauchos sabaneros, magnolios, sangregados, hayuelos, urapanes y arrayanes, entre otros.

De acuerdo con Caraballo, “más allá de los tecnicismos, lo importante es dejar de hacer activismo de escritorio, hay que salir y actuar para cambiar la calidad de nuestro aire, evitar tragedias como las de Mocoa  y proteger lo que ya invadimos hasta generar presión política”.

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Cada semana los integrantes de la escuela se reúnen para regar las plantas, mezclar el compostaje, preparar la tierra y hacer seguimiento de cada especie.

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Con donaciones de semillas, tierra y hasta lombricompuesto, los habitantes de Potosí crearon la Escuela Ambiental.