La majestuosa e histórica casa de la carrera Séptima con calle 70, Bien de Interés Cultural de la Nación y joya de la arquitectura ecléctica, le dará paso, en poco tiempo, a un elegante restaurante. Un experto equipo de restauradores adelanta los trabajos, que incluyen revivir los bellos vitrales del inmueble.

El equipo de la revista El RETIRO visitó este tesoro de Chapinero, que quiere decirle adiós a la decadencia.

El arquitecto y restaurador cartagenero Rodolfo Ulloa tiene, por estos días, una de las responsabilidades profesionales más importantes de su vida: rescatar del olvido y del deterioro a Villa Adelaida, la bellísima casa ubicada entre las calles 70 y 70A y entre las carreras 5.ª y 7.ª, en el viejo barrio Chapinero.

Este hombre de mediana estatura, que luce gafas y siempre lleva puesto un casco blanco y una chaqueta impermeable para defenderse del impredecible clima bogotano, es el líder del equipo de 50 personas que le está devolviendo su mejor rostro a la casona desde el 25 de abril del año pasado.

Para hablar de Villa Adelaida es necesario devolverse en el tiempo. Cerrar con doble llave el candado luminoso que da a la carrera Séptima y regresar a 1915, cuando este lote de 6.400 metros cuadrados estaba incorporado a la sabana de Bogotá. En ese entonces, Agustín Nieto Caballero, ese ilustre hombre que un año atrás había fundado el Gimnasio Moderno y que fue rector de la Universidad Nacional, tenía listo su matrimonio con la bella Adelaida Cano, hermana de Luis, codirector del periódico El Espectador.

Ya casado con Adelaida, Nieto, que para la época era uno de los educadores más importantes del país, pensó en establecer la residencia de su naciente familia muy cerca al Moderno. Por ello escogió ese terreno, hoy ubicado en la carrera Séptima con calle 70; sin embargo, no quería una casa común y corriente.

De acuerdo con la investigación histórica que realizó el arquitecto Ulloa antes de la intervención, la idea que Nieto tenía de su morada “era construir un santuario a la memoria”. Se trata de una versión ajustada también al perfil intelectual y a los gustos personales del dueño.    El elegido para materializar el sueño fue el arquitecto antioqueño Pablo de la Cruz, reconocido profesional que se había consolidado por la construcción del antiguo Palacio de Justicia y que había estudiado arquitectura en la Universidad Católica de Chile. Nieto y de la Cruz, además de buenos amigos, eran socios del Club Rotario. Cuando llegó la propuesta, De la Cruz no tuvo problema en aceptarla.

En la pequeña oficina del campamento de obra, a unos 20 pasos de la majestuosa fachada principal de Villa Adelaida, Ulloa revuelve el pasado. Toma en sus manos varias fotografías que muestran el estado de deterioro de la casa y se detiene en un pequeño documento que para él es una verdadera joya histórica: “Esta es la licencia original de la construcción. Aquí la alcaldía de Bogotá le concede el permiso a don Agustín Nieto Caballero para construir una quinta en la carrera Séptima entre calles 67 y 68, siempre y cuando la obra se haga de acuerdo con los planos aprobados”. El documento está fechado el 4 de diciembre de 1919 y al final incluye una curiosa petición: “Deben colocarse los canales correspondientes, pero los desagües deben salir por debajo del andén a la cuneta”.

De los años de construcción hay muy pocos detalles documentados. Lo cierto es que en 1921 la casa ya aparecía dentro del paisaje de la carrera Séptima, con la silueta de los cerros orientales. El nombre de la obra no podría ser otro que uno que recordara al amor eterno del dueño: Adelaida, Villa Adelaida.

Era la casa perfecta para su adorada compañera de vida y su familia. “En el cuarto de ella se le dio importancia al tocador. También tenía una tribuna coronada en la parte exterior por un hermoso rostro femenino que se ilumina con el sol de la tarde”, cuenta Ulloa, al tiempo que señala la habitación del lado, en el segundo piso, que era realmente la enorme y completa biblioteca de don Agustín. En estas dos descripciones, el arquitecto Ulloa va dejando ver las primeras claves de la casa. Como en un acertijo, Villa Adelaida simboliza unos espacios femeninos y otros masculinos. Pero ahí no para el encanto y la magia.

Villa Adelaida es una de las más exuberantes muestras de arquitectura ecléctica del país.    “Es arquitectura de autor porque vemos un sistema constructivo que representa a un grupo social determinado”, añade Ulloa, en el primer nivel de la casa, donde, según él, se aprecia en todo su esplendor la arquitectura ecléctica de la época.

Allí, en medio de andamios, plásticos y obreros, Villa Adelaida cobra vida, respira de nuevo, renace. Muestra su característica más panóptica, esa que dice que desde la mitad de su sala se puede ver lo que pasa en el comedor, en la sala de billar y en el gran salón piramidal de la mitad.

“En 35 años de experiencia como restaurador, no había visto una casa tan intercomunicada como esta”, dice Ulloa, que sabe de lo que habla, pues recorrió el sur del continente estudiando otras manifestaciones de arquitectura ecléctica en Chile y Argentina, pero ninguna tan especial como la representante bogotana.

Y es que el amor de este cartagenero por la casa es de vieja data. Además de ser vecino de toda la vida, fue testigo de la época en la que Villa Adelaida, después de ser la residencia de los Nieto Cano, pasó a ser el exclusivo y cachaquísimo restaurante El Gran Vatel. “Era un sitio de reunión de la vida política e intelectual. Era administrado por una pareja belga que luego de unos años salió del país. Luego de eso la casa declinó”. En los 90, Ulloa fue contactado para restaurarla, pero la sociedad que administraba el predio quebró.

Antes de El Gran Vatel estuvo Barón Club, el sitio de moda en los 70 para hacer grandes recepciones, banquetes y desfiles. En el sótano, muy cerca al sitio donde don Agustín guardaba las herramientas de jardinería, estaba La Cueva, una subterránea discoteca que hizo fama en Bogotá por incluir como platillo principal al famoso Jimmy Salcedo y sus Supernotas, esbeltas bailarinas de coloridas trusas que terminaron en la drogadicción.  Hoy el espacio de la tarima se mantiene y una estructura metálica, instalada hace poco, evita que el techo se desplome.

Muerte

Villa Adelaida firmó su acta de defunción en 1987, cuando su dueño de ese entonces, el español Manuel Abajó, fue condenado por narcotráfico en su país. El Gran Vatel trató de revivirla, pero en 1992 ya no había nada que hacer. La maleza empezó a crecer y se tomó, indomable, buena parte de los bellos jardines del pasado. La entrada principal quedó a merced de los vándalos que profanaron muros y paredes. El invierno también pasó su cuenta de cobro y acabó buena parte de la cubierta. Villa Adelaida moría de pie.

La intervención tiene un costo aproximado de 5.000 millones de pesos.

Sin embargo, hasta el 2001, cuando fue declarada Bien de Interés Cultural del Distrito, la obra del arquitecto Pablo de la Cruz, una de las mejores muestras de arquitectura ecléctica del país e, incluso, del continente, era todavía para muchos en Bogotá una casa cualquiera. Tres años después, y mientras la enfermedad que padecía se hacía más crónica, el Ministerio de Cultura le subió de categoría al declararla Bien de Interés Cultural de carácter nacional.

En el 2005, la situación se tornó tan crítica que muchos pensaron que la casa no soportaría de píe un nuevo aguacero. Los habitantes de calle se convirtieron en los nuevos inquilinos de la casona. En menos de un año, el hampa y el paso del tiempo terminó por acabar puertas y ventanas. El bello querubín situado en el descanso de las escaleras fue borrado a pedazos.  Igual suerte corrió la lámpara del importante ornamentador suizo Luigi Ramelli, que colgaba del centro del salón de billar, en el costado sur de la casa.

Entre 2009 y 2016, el Ministerio de Cultura emitió cinco resoluciones en las que autorizó el Plan Especial de Manejo y Protección (PEMP) del predio, la restauración integral del inmueble, su ampliación, reforzamiento estructural y una última modificación al proyecto, que es a partir de la que se está ejecutando la obra.

Vida

La segunda oportunidad para Villa Adelaida empezó en abril del año pasado, cuando el arquitecto Ulloa y su equipo iniciaron el proceso formal de restauración. Doña Gloria Nieto de Arias, hija de Agustín Nieto, le entregó detalles invaluables al arquitecto de la época de esplendor de la casa. “Ella nos ayudó a saber cuáles eran los muros originales y cuáles no, pues algunos dueños le hicieron cambios”, asegura.

La señora, una de las últimas descendientes de los dueños originales de la casa, también proporcionó varias fotografías interiores donde se observa la decoración original, los muebles, las plantas, la biblioteca de Agustín Nieto y, lo más importante, los dos vitrales, el de la pirámide y el del descanso de las escaleras, elementos de enorme valor patrimonial, pero echados a perder.

“Con la ayuda de un programa de computador vamos a volver a hacer esos vitrales. Tendrán detalles vegetales y condiciones térmicas para que duren más de 100 años”, explica Ulloa, quien agrega que el proceso también le otorgará espacio público a la ciudad. El proyecto incluye retroceder la reja de la casona algunos metros y dejar a la vista la majestuosa fachada.

La ‘cirugía’, como denomina el arquitecto al tratamiento de rejuvenecimiento a la que es sometida Villa Adelaida, pretende dejar el inmueble lo más parecido posible a cuando era habitado por la familia Nieto. De hecho, en los trabajos participarán artesanos descendientes de la familia del ornamentador Ramelli, quien intervino en la obra original.

Villa Adelaida tendrá un nuevo uso aprobado por el Ministerio de Cultura y por el Distrito, en cabeza del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural. Le dará paso, entonces, a un restaurante de cerca de 1.000 metros cuadrados que respetará la memoria de la casa, pues en sus paredes estarán las fotografías de la familia Nieto Cano.

La discoteca La Cueva, la misma donde tocaba el piano Jimmy Salcedo, le dará paso al sitio donde se guardarán los alimentos y se conservarán las frutas, las verduras y las carnes. En el segundo piso, el que era uno de los cuartos de los niños será ocupado por la mantelería, las copas y los cubiertos.

La gran escalera se conservará igual, el único cambio es que el riel metálico que soportaba la estructura fue extraído para ser analizado en la Universidad Nacional. De acuerdo con Ulloa, este elemento es un hito que merece ser estudiado, pues, pese a su pequeño tamaño, soportó durante casi un siglo el exagerado peso de las escaleras.

El proyecto incluye retroceder la reja de la casona algunos metros y dejar a la vista la majestuosa fachada.

Lo único nuevo que se hará, y que ha llamado la atención de los residentes de los edificios aledaños, es una especie de estructura de vidrio o ‘cajita de cristal’, que funcionará como el bar del restaurante. “Tendrá un ascensor panorámico y en las noches permitirá ver el cielo”, agrega el arquitecto, notablemente emocionado con lo que pasará en Villa Adelaida. Por lo pronto, los obreros trabajan, a toda marcha, para dejar a punto la cubierta de la casa, que prácticamente se está volviendo a hacer, pues el invierno y el deterioro la derrumbaron casi en su totalidad.

El trabajo ha sido milimétrico en todos los aspectos. De hecho, la primera etapa estuvo concentrada en el reforzamiento estructural de la casa, con un valor agregado: se respetó el conjunto arquitectónico original, pero se incorporaron las nuevas normas de sismoresistencia que ordena la ley. La intervención tiene un costo aproximado de 5.000 millones de pesos.

Se espera que la nueva Villa Adelaida esté lista en junio del próximo año, pero desde ya su ‘cirujano’ adelanta una buena noticia para la comunidad: muy pronto, habrá recorridos especiales para todos.