La resistencia del Juan XXIII

“No tuvimos más estímulo que la necesidad de tener un lugar para nuestras familias”.

En las faldas de los cerros orientales que bordean la ciudad, entre las calles 65 y 66 en Chapinero, un puñado de familias comparten los pasos coloridos y estrechos de un barrio que, con estoicismo, se mantiene de pie entre las crecientes urbanizaciones de ladrillo, de pisos y estratos más altos que lo rodean.

Hace casi seis décadas, cuando campesinos que venían de Cundinamarca –especialmente de la zona del Guavio– y Boyacá empezaron a apropiarse de este espacio privilegiado de la montaña, el paisaje era bien distinto.

Miguel Moreno, uno de los habitantes más antiguos del lugar, les contó a unos estudiantes cómo era lo que ahora ya hace parte de la ciudad: “Eran unas lomas peladas donde se hacían ladrillos de adobe con el mismo barro de las lomas, y también había bueyes para pisotear el barro con el que se hacían los ladrillos.  Aquí venían los soldados de los cuarteles del norte a hacer entrenamientos, acampar y practicar polígono”.

No había agua, ni luz, ni alcantarillado, y las casas estaban hechas en guadua. “Las forrábamos con cartón porque el frío era fuerte”, cuenta Evangelina Beltrán, de 66 años, quien llegó de la mano de sus padres, cuando apenas tenía doce. A ellos los vio muchas veces huir de la Policía cuando venía a desalojarlos del terreno, que solo hasta principios de los noventa fue legalizado y, entonces, les perteneció.

Sumado a esos constantes hostigamientos, en 1967 un deslizamiento de tierra hizo que varias familias tuvieran que ser reubicadas, en ese riesgo constante de los más vulnerables por siempre estar buscando su lugar en el mundo.

“Después de tanto luchar, la Policía se cansó de fregar y al fin dejaron de venir a sacarnos y de tumbarnos nuestros ranchos. Fue entonces cuando empezó a llegar más gente a invadir y cuando menos pensamos esto se fue llenando de más familias”, recordaba hace algunos años María Castillo, una de las fundadoras del barrio.

Al interior del Juan XXIII – que le debe su nombre al Papa italiano que llevó las riendas del Vaticano entre 1958 y 1963; la zona chapineruna empezó a ser poblada en 1959, pero fue el sacerdote Domingo Effio quien dedicó buena parte de su vida a apoyar el establecimiento de este vecindario en Bogotá y quien lo fundó y lo llamó de esta manera en 1962– no hay ninguna vía vehicular. Dicen muchos de quienes lo habitan que esto se debe a la calidez del lugar.Barrio Juan XXIII

“Todos somos como una gran familia, gente sana que ha crecido junta. Las casas las hicimos entre todos con las piedras de la montaña… los niños y todos ayudábamos para construir todo lo que vemos ahora”, asegura Evangelina.

En la Planada, esa carrerita que divide al barrio pujante de los colegios privilegiados de la zona, en la Circunvalar, los cotejos de microfútbol ya son una tradición, al igual que los pesebres que, cada diciembre, reúnen a niños y adultos en jaranas que incluyen comida, bebida y alegría, mucha alegría.

Patricia Guerrero Lemus tiene 50 años y hace 45 llegó a Juan XXIII. Recuerda cómo en sus primeros años era una tía quien vivía ahí y lo mucho que le gustaba venir a visitarla. “Yo era feliz que me trajeran acá porque jugábamos con el barro y nos divertíamos con muchas cosas”.

Para Patricia, tanto las navidades como los fines de semana son los mejores tiempos en los que la comunidad comparte. “Los pesebres son una forma en la que todos nos unimos y disfrutamos, también los partidos de fútbol”, asegura la mujer.

La lucha actual

Esos gigantes que rodean al Juan XXIII parecieran querer engullirlo, como han hecho con otros barrios del sector. Ya algunos constructores se han acercado a la gran manzana colorida para ver allí sus posibilidades.Barrio Juan XXIII

Carlos Federico Mayorga, fiscal de la Junta de Acción Comunal, enseña con orgullo el salón comunal en el que en el segundo piso han ido adecuando un gimnasio al que van niños, jóvenes y adultos a entrenar en las noches. Cuenta cómo todo lo han conseguido con esfuerzo y paciencia, incluidas las cámaras de seguridad que hoy tiene el barrio, “para evitar inconvenientes porque siempre pasan cosas en todos lados”, dice.

Sin embargo, más que el peligro de los ladrones, está el de los urbanizadores. “La idea es estar unidos para que no pase lo que pasó en Los Olivos. Sabemos que este es un lugar central y privilegiado, con buenas vías de acceso y tranquilo”, asegura Carlos.

Por lo pronto, la gente guerrera y amorosa de Juan XXIII está firme en la idea de mantener el barrio, de no hacerles caso a las ofertas que, como lo han comprobado con las experiencias de algunos vecinos de otros vecindarios, pueden llegar a ser nefastas.

Mañana solo el tiempo dirá si el Juan XXIII sin vías vehiculares, de casas coloridas y callejones estrechos, con sus torneos de micro y sus legendarios pesebres, se mantiene en pie.

Barrio Juan XXIII
Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII
Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII
Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII
Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII

Barrio Juan XXIII
Barrio Juan XXIII

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Barrio Juan XXIII
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Barrio Juan XXIII

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