La muerte anunciada de la Plaza Central de Chapinero

En la mayoría de ciudades y municipios del mundo, las plazas son el punto de encuentro de sus habitantes y un referente arquitectónico importante; allí suelen construirse hermosas iglesias y edificaciones representativas del lugar.

Quizá por ello, la Plaza Central de Chapinero –la que conocemos como la plaza de Lourdes– sigue siendo para muchos el patio de la localidad, el lugar por el que transitaron decenas de las familias más prestantes de la Bogotá de antaño, aquella que iba hasta el barrio Las Nieves, en la calle 26.

Cuando Chapinero era considerado un pueblo cercano a la capital, el arzobispo Vicente Arbeláez impulsó la construcción del que sería el atractivo religioso y turístico más importante de la sabana: la Basílica de Nuestra Señora de Lourdes; se dice que el religioso lo hizo como un voto de oración por la paz en una época muy difícil para Colombia y los feligreses.

Para iniciar, la familia Ortega Ricaurte donó el terreno y, a su vez, el monseñor fue recaudando fondos con las familias más adineradas de la sabana. Luego, en 1875, se puso la primera piedra del templo que reemplazó la pequeña capilla con techo de paja construida por el fray Antonio María Garzón.

Con sus diseños, el arquitecto Julián Lombana ya prometía la primera basílica neogótica del país. Verticalidad, arcos apuntados, ligereza estructural e iluminación en las naves interiores la destacarían. Sin embargo, aquella obra se fue convirtiendo en el ‘elefante blanco’ de la época, como lo relata Julio Ríos, heredero del restaurante Las Margaritas: “Pasaron 27 años (1904) para que se celebrara la primera misa en la iglesia, en medio de la obra gris, aún sin estar finalizada”.

Dos años atrás (1902), doña Margarita Arenas y sus hijas María Elisa y Bernarda se habían acentuado a muy pocos metros de la parroquia. Desde el barrio Las Nieves llegaron con su fama de banqueteras y buena sazón para vender empanadas a todos los santafereños. Así, tras la construcción del templo, la zona se fue convirtiendo en un punto de encuentro que congregaba a muchos creyentes de Usaquén, Fontibón, Engativá y Bogotá, quienes complementaban sus paseos dominicales con actividades religiosas y una que otra empanada de Las Margaritas.

Dentro del templo también ocurrieron algunos hechos memorables como el incidente que le cambió la vida para siempre a Lombana, quien se cayó desde lo más alto del andamio, quedando totalmente inválido. Aunque la historia es lamentable, el arquitecto solía relatarla con gracia, según cuentan algunos escritores como Andrés Ospina o Daniel Ortega Ricaurte.

<<Los obreros lo dieron por muerto y decidieron mandar al “chino de la mezcla” a que le diera la noticia a su esposa: “Mi señora, le mandan a decir los obreros de la iglesia que al patrón Julián se le cayó el saco desde el andamio más alto”. A lo cual la señora, un tanto molesta, le contestó: “¿Te han mandado para decirme esa bobería?”. El chino le respondió: “Sí, mi señora, pero era que el patrón Julián tenía el saco puesto”>>. (Miradas a Chapinero - Daniel Ortega Ricaurte).Plaza de Lourdes

Antigua plaza de Lourdes Y aunque Lombana continuó dirigiendo la obra desde una silla de ruedas, no alcanzó a verla terminada, pues murió en 1916. Al año siguiente, con la construcción aún en curso, un fuerte sismo causó la muerte de varias personas, la caída de los cielorrasos, el desplome de la torre del reloj y el dislocamiento completo de las naves de la estructura.

La basílica estuvo en reconstrucción hasta mediados del siglo XX, entre 1940 y 1955, cuando se instalaron las arañas y vitrales diseñados por el maestro Walter Wolf y se construyó el reloj que por muchos años le marcó el tiempo a la ciudad que se fue expandiendo tras el Bogotazo.

Hacía la segunda mitad del siglo pasado, Bogotá ya era una ciudad extensa y la iglesia se fue ahogando, como dice Ríos: “Antes Lourdes se veía desde cualquier lejanía porque ninguna construcción superaba los dos pisos, pero con el desplazamiento progresivo de los santafereños, se fueron construyendo quintas, teatros y grandes establecimientos que no tenían qué envidiarle al centro comercial Unicentro”.

Razón tenía Ríos, pues, para entonces, justo frente a la plaza de Lourdes ya se había construido el segundo edificio de propiedad horizontal más importante del país. Quien fue su administrador hasta hace seis años, tiene uno de los testimonios más fieles a la transformación de la Plaza Central de Chapinero y su estilizada iglesia.

‘El amigo de Chapinero’

El amigo de Chapinero

Víctor Fuentes Desde la terraza del segundo piso del edificio Seguros Bolívar (inaugurado en marzo de 1965), Víctor Fuentes observa los cambios del sector entre la avenida Caracas, la carrera 9A y las calles 63 y 64.

Recuerda que allí encontró su vocación como colaborador cívico (como se le destaca), logrando notables cambios en la plaza, como tres remodelaciones, la siembra de varios árboles y la reubicación de los vendedores informales que se extendían entre las calles 53 y 63.

Durante sus 43 años de servicio, Fuentes encontró complicidad en otros habitantes del sector: Enrique Wahanik (con quien fundó la asociación Amigos de Chapinero), el párroco Alfonso Vera y los due- ños de algunos establecimientos como el restaurante La Navarra y la pastelería San Fermín.

Mientras recorre el primer piso del que fue el edifico en el que trabajó por más de cuatro décadas, los copropietarios y empleados del mismo se sorprenden al verlo: “Don Víctor, qué alegría tenerlo por aquí”, repiten mientras le estrechan la mano.

Su oficina siempre fue en el mismo lugar. En ella aún suena el eco del ruido de las teclas de la máquina de escribir de su secretaria. “Con este edificio se activó el comercio en la localidad, pues aquí han funcionado entidades financieras y comerciales, la Notaría 13, varios salones de belleza y las embajadas de Argentina, Panamá y Salvador”, asegura Fuentes.

Los ríos de gente que hoy transitan por la Plaza de Lourdes y sus alrededores han opacado poco a poco la belleza e imponencia de las construcciones del lugar, como la Iglesia y el edificio Seguros Bolívar, declarado bien de interés cultural en el 2007, por su diseño arquitectónico y la incidencia que tuvo en el desarrollo cultural del sector.

A través del pasaje comercial de dicho edificio, los transeúntes acortaban el camino entre la Caracas y la carrera 13; mientras caminaban por el amplio pasillo iban a la peluquería o veían una película en el teatro Los Libertadores, del que hoy se conserva su letrero y las vitrinas donde se colgaron las carteleras.

Aquel pasaje, con paredes en mármol color tierra, también fue el punto de encuentro de muchas parejas. Dora Rodríguez, habitante de Chapinero Norte, relata con jocosidad las citas que tuvo allí con quien ahora es su esposo: “Nos veíamos ahí porque era seguro y había mucho por hacer: visitar la iglesia, comer y vitrinear en los almacenes. Recuerdo que las escaleras de la entrada occidental eran llenas de personas esperándose las unas a las otras”.

Importantes cambios en el sector se deben al cooperativismo de una generación de chapinerunos. Desde los setentas, varios copropietarios del edificio Seguros Bolívar –incluido Víctor Fuentes–, residentes y comerciantes del sector, se articularon en repetidas ocasiones para remodelar la plaza. Entre las acciones estuvo el cambio del piso de concreto a uno de adoquines, la instalación de una fuente de agua (que tiempo después fue robada) y la siembra de algunos árboles, en especial un pino sabanero que luego fue talado sin permiso.

Fuentes, además, recuerda con orgullo haber promovido un proyecto con el que se reubicó a los vendedores ambulantes desde la calle 53 hasta la 64, pues el sector y gran parte de la plaza estaban invadidos por estas ventas informales. “No se podía ni caminar, por eso entre la Alcaldía Local, el Fondo de Ventas Populares y el edificio Seguros Bolívar les construimos un edificio en la calle 61”, cuenta.

La dicha solo duró dos años, hasta que la falta de control dio pie para que los vendedores se desplazaran nuevamente a la calle; esta vez, las casetas fueron reemplazadas por lonas y carretas, y el lugar se llenó de puestos ambulantes y de establecimientos para la rumba.

De la transformación de la Plaza Central de Chapinero han sido testigos, además, los monumentos que hacen honor a dos importantes personajes: el arzobispo Vicente Arbeláez y el mariscal Antonio José de Sucre; ambos han compartido con los universitarios y visitantes del lugar y hasta han presenciado el expendio de drogas en el costado norte.

Y así, a medida que crece la población flotante de Chapinero, se opacan cada vez más los detalles, objetos y personajes que cuentan la historia de esta importante plaza de la localidad. En medio de la indiferencia, sobreviven todavía algunos hitos de este lugar que hoy es de todos y a la vez de nadie.

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