Infamia, tortura y hacinamiento: el pasado del edificio del Museo Nacional

“La multitud de gente, la estrechez del local, la falta de aire y de agua, el desaseo de muchos, la absoluta carencia de sol y de ejercicio, tenían que desarrollar enfermedades. La disentería, la viruela y el tifo tenían allí su asiento. Pero el Gobierno no se preocupaba por tan poca cosa”.

Cuesta creer que esta descripción, que hizo el escritor y político liberal Adolfo León Gómez, en su libro ‘Secretos del Panóptico’, haga referencia al predio en el que hoy funciona el Museo Nacional de Colombia.

Esta hermosa edificación, declarada monumento nacional en 1975, se levanta solemne en medio de la concurrida carrera Séptima con calle 28, en el Centro Internacional de Bogotá. En su interior guarda siglos de historia y cada día recibe a cientos de ciudadanos y turistas que quieren apreciar un poco más las raíces y la cultura colombianas.

Pero no siempre fue así. Durante 72 años funcionó en este lugar la Penitenciaría Central de Cundinamarca, que no por nada era símbolo de terror y arbitrariedad. Precisamente, de aquella época proviene el testimonio de Adolfo León, quien estuvo recluido en tres oportunidades en esta cárcel de alta seguridad.

Así, pues, las paredes que hoy sostienen pinturas, esculturas, fotografías y elementos valiosos del pasado de la Nación, fueron testigos de las atroces injusticias y torturas que vivieron miles de presos a finales del siglo XIX e inicios del XX.

La idea de abrir el panóptico apuntaba a cambiar las conductas criminales y a rehabilitar a los reclusos a través del trabajo e, incluso, de la reflexión y el acercamiento a Dios. Sin embargo, poco a poco, el hacinamiento al interior de la penitenciaría, los crueles castigos y la falta de una atención médica para los presos, acabó por completo con dicho cometido.

 

Traslado de presos

Presos en los patios

 

El panóptico

Hacia el 22 de enero de 1873, bajo el mandato del entonces presidente, Tomás Cipriano de Mosquera, se expidió el decreto que autorizaba la construcción de la Penitenciaría Central de Cundinamarca. Luego, un año después, durante la presidencia de Santiago Pérez Manosalva, se iniciaron las obras.

Cubículos de exhibición

Precisamente, como se puede leer en la placa que se encuentra a la entrada de la sede del hoy Museo Nacional, el 1 de octubre de 1874 el gobernador del Estado de Cundinamarca puso la primera piedra de dicha edificación.

El diseño de la estructura fue hecho por el arquitecto danés Thomas Reed, inspirado en el concepto de panóptico, del filósofo inglés Jeremmy Bentham; consiste en una construcción en forma de cruz latina, que posee una óptica panorámica de toda la cárcel, con la que se puede vigilar a los presos sin que estos se percaten de ello.

Se construyeron tres pisos, a lo largo de los cuales había 204 celdas –de unos tres metros cuadrados cada una– y ocho calabozos. El lugar contaba, además, con algunos patios, una capilla, una enfermería y una cocina.

Las celdas, a las que si acaso les entraba un rayo de luz, se construyeron de manera que cupiera un recluso por cada una. No obstante, en ellas eran encerradas hasta siete personas.

Durante la Guerra de los Mil Días, el panóptico llegó a recibir unos 5.000 presos, entre los que estaban Enrique Olaya Herrera, Julio Flórez y Adolfo León Gómez.

“De ahí que muchos permaneciésemos constantemente encerrados en los cuartos, sobre las camas, prefiriendo respirar más bien el aire viciado de adentro que el fétido de afuera. Además, no había a qué salir, porque como el patio era pequeño para tanta gente, y los que lo cruzaban y se paseaban en él muchísimos, no se podía dar paso sin tropezar con otra persona, por lo cual era mejor estarse uno en su cama. Por desgracia, las moscas no dejaban vivir: era tan espeso el enjambre de ellas, que por la mañana nos despertaba el zumbido, como si hubiera muchas colmenas de abejas, y no se podía dormir sino con la cara tapada”, revela Adolfo León en su libro.

Los castigos

Muchos fueron los instrumentos de castigo que se usaron en la Penitenciaría de Cundinamarca: cadenas, esposas, chapas y grilletes, entre otros. Además, había varias formas de hacerle pagar a los presos sus faltas: la picota, el mico, la guillotina, el cepo y la muñequera eran solo algunas de las torturas que los carcelarios utilizaban.Instrumentos de castigo

“Casi no había noche que unos gritos espantosos, mezclados con maldiciones y alaridos de dolor, no viniesen a aumentar el malestar general y a acabarnos  de quitar el sueño. Esos gemidos los daban los pobres presos a quienes, por insignificante falta suya o por cualquier abuso de los capataces, ponían en el cepo. Era éste un suplicio tan bárbaro, que aun a los hombres más esforzados y valientes hacía gritar y llorar, como lo presenciamos muchas veces. Y no era para menos, porque consistía en dos maderos paralelos colocados horizontalmente sobre dos postes verticales, a cierta altura del suelo. En esos maderos había agujeros para meter los pies del preso, que quedaba colgando con la cabeza contra los ladrillos (…)”, relata Adolfo León.

Del Panóptico a La Picota

Luego de varias décadas de abusos dentro de la Penitenciaría de Cundinamarca, y debido a que la situación de hacinamiento y pésimas condiciones ya se había hecho insostenible, algunos políticos reaccionaron y propusieron cambios en el sistema.

En 1934 se crea el decreto que establece un nuevo régimen carcelario y penitenciario, basado en la regeneración moral y la resocialización de los presos. Empieza una nueva etapa para el Panóptico: no más aglomeraciones; una disciplina más humana; adecuación de jardines y huertas; y construcción de talleres para zapatería, carpintería y mecánica.Patio del Museo Nacional

Dos años después, en 1936, y pensando en un espacio más amplio y alejado del centro de la ciudad, se empiezan a realizar los diseños para construir la cárcel La Picota.

El 15 de marzo de 1946, el ministro de Educación, Germán Arciniegas, anuncia que el Museo Nacional se trasladará a las instalaciones de la Penitenciaría de Cundinamarca. Ese mismo año, el 12 de julio, el Panóptico es cerrado y sus presos son trasladados a la nueva cárcel La Picota.

En cabeza de los arquitectos Manuel de Vengoechea y Hernando Vargas, se lleva a cabo la restauración y adecuación del edificio del antiguo Panóptico y en 1948 se realiza la inauguración de la nueva sede del Museo Nacional de Colombia.

Y bien, han pasado 69 años desde aquel entonces. Por estos días aún se cuenta y se recuerda esta historia que, aunque trágica, marcó el camino por el que ahora sabemos que no debemos transitar como país. Algunas lecciones se aprendieron y muchas más, eso sí, aún quedan por aprender.

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