Chapinero también es rural

A tan solo unos kilómetros del concreto y del agite de la metrópoli, sobresalen imponentes y seductoras las curvas de los cerros orientales, esos que tanto han dado de qué hablar en los últimos años gracias a la riqueza natural que los ciudadanos han reconocido en ellos.

Allí, de cara a la ciudad, en el kilómetro cinco de la vía que de Bogotá conduce al municipio de La Calera, aparecen los barrios que conforman parte de la zona rural de Chapinero, varios de ellos aún por fuera del marco de la legalidad.

Quebrada Moracì

Se trata de San Isidro, La Sureña, San Luis, Bosques de Bella Vista y La Esperanza. Hacia 1960 el sector en donde hoy se encuentran estos barrios era conocido como Vereda El Páramo, habitado por unas cuantas familias que, según cuenta el voz a voz, llevaban por apellido Ospina, Cortés, Galeano, Santiago, Guerrero, Reyes y Forigua. Aquellas personas dedicaban sus días a la industria artesanal de ladrillo, arena, piedra y carbón.

Por esa época, el Ministerio de Defensa había enviado a varios grupos de personas para laborar en la explotación de las canteras. Otros llegaban a los cerros en busca de mejores oportunidades, pues habían migrado de los campos a la ciudad por falta de políticas que apoyaran al agro.

Pero unos años después, debido a la afectación del medio ambiente en las faldas de los cerros orientales, el Distrito cierra las canteras y muchos de los obreros, que solían cambiar su trabajo por comida y hospedaje, se ven obligados a asentarse en ese territorio al quedar sin sustento.

De esa manera, nace el Chapinero rural que desde aquellos tiempos y hasta hoy ha tenido que librar varias batallas para aparecer en los mapas de la Secretaría de Planeación. Empieza un proceso de desarrollo urbanístico espontáneo en el que las mismas comunidades forman sus barrios.

Construyendo en comunidad

Entre las décadas del 60 y 80, la Vereda El Páramo empieza a fraccionarse y a acoger a quienes levantaron allí sus viviendas y construyeron en equipo todo el sistema de servicios de agua, transporte, comunicaciones, educación y salud.

San Isidro fue el primero de los barrios en formarse en ese territorio, hacia 1967. Allí La Caja Agraria, conocida en la época como el banco de los pobres, construyó unas 60 casas como parte de su proyecto de vivienda popular; varios de esos predios están en pie en la actualidad.

También por los años 60, surge el barrio Bosques de Bellavista; los artesanos que trabajaban allí con piedra y madera empezaron a construir sus casas y cada vez fueron más las familias que se establecieron allí.

Por estos días, aunque la piedra y la madera ya no se extraen de aquellas montañas, otros aserríos les dan la materia prima a las cerca de 120 familias ‘picapiedras’ que desde entonces habitan en ese barrio.

Entre 1971 y 1973, los dueños de las fincas que quedaban en la vereda vendieron sus tierras a la urbanizadora San Luis Altos del Cabo. En ese periodo se da con mayor fuerza una migración de personas de otros sectores de Bogotá y de algunas regiones, que llegan allí para construir sus viviendas. Es así como nace el barrio San Luis.

La Sureña, otro de los barrios de esta isla chapineruna, llega en 1973; un territorio más pequeño, con menos casas y que se ubicaría en el corazón de la que era esa Vereda El Páramo.

Para entonces, ya estaban constituidas las juntas de acción comunal de San Isidro, San Luis y La Sureña, a las cuales se les llamaba ‘Las tres eses’. Dichas asociaciones empiezan un arduo trabajo para lograr la legalización de sus territorios ante el Distrito, proceso que aún está vigente y que apenas, después de 40 años, está dando asomos de buenas nuevas para la comunidad.

Hacia 1976 se decreta la existencia de la reserva forestal de los cerros orientales, lo que ponía en el borde de la ilegalidad a cientos de familias que ya estaban asentadas allí, sin importar que la mayoría de ellas había obtenido la aprobación del Instituto de Crédito Territorial y ya contaba con servicios públicos como gas propano, luz, recolección de basuras y telefonía (prestados de manera insuficiente).

San Isidro, San Luis y La Sureña fueron sustraídos de dicha reserva en el año 85 por una resolución de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR). Sin embargo, en la actualidad estos territorios siguen en el limbo jurídico.

Como la cereza del postre, en la parte más alta de esos cerros chapinerunos, a unos 3.500 metros de altura, aparece el último de los barrios de esa antigua vereda: La Esperanza, conformado hacia 1995.

San Isidro

Barrio San Isidro

San Isidro y San Luis

La unión hace la fuerza

Dicen por ahí que un pueblo unido jamás será vencido. Pues bien, la comunidad de la parte alta de Chapinero, de los cerros, parece haber apropiado este dicho popular para materializarlo día a día.

Ni la indiferencia capitalina, ni la inasistencia del Distrito, y mucho menos los intereses de grandes urbanizadoras han logrado debilitar a esta comunidad. Al contrario, los contratiempos a lo largo de cuatro décadas los han fortalecido de tal forma que están convencidos de su autosostenibilidad y de su legitimidad.

Los habitantes de esta parte de Chapinero pueden sacar pecho y elevar la frente cada vez que se les pregunta cómo llegaron allí los servicios de agua, luz, telefonía, salud, educación y transporte. La respuesta siempre será la misma: “lo hizo la comunidad”.

El acueducto comunitario Acualcos, que hoy beneficia a 2.260 familias, es sin duda una de las pruebas fehacientes de ese trabajo constante y comprometido de la comunidad para habitar un lugar digno.

A la lista de logros obtenidos, gracias a dicha autogestión, se suman el colegio, las vías de transporte, el centro de salud, la capilla y el canal comunitario que hoy hacen parte de este sector.

Un mismo horizonte para nuevos retos

Con nostalgia, y también con gracia, los habitantes de los cerros chapinerunos recuerdan algunas escenas que hicieron parte del inicio de sus asentamientos: las peripecias que tuvieron que pasar cuando apenas uno que otro bus de servicio público recorría las calles destapadas de sus barrios; la alegría de ver llegar el primer chorro de agua potable a sus viviendas; la fortuna de encontrar pozos naturales en el camino y, mejor aún, de compartir con el vecino el preciado líquido en días de escases, y el teléfono comunitario que estaba en la casa de la familia Ballesteros.

“Recuerdo que en el 80 solo había un teléfono en todo el barrio. Funcionaba con ‘chinograma’; es decir, un chino venía a avisarle a uno que tenía una llamada”, afirma entre risas Rafael Borda, habitante de San Isidro.

Quebrada Moracì

De la situación jurídica de San Isidro, San Luis, La Sureña, Bosques de Bellavista y La Esperanza se ha resuelto muy poco. Mientras algo pasa, desde hace varios años una buena parte de los cerca de 14 mil habitantes que hay allí han decidido convertirse en los guardianes de esa incomparable riqueza que tienen bajo sus pies y ante sus ojos.

Colectivos ciudadanos, fundaciones, grupos artísticos y varias mesas de trabajo comunitario se han conformado en los últimos años para ir en busca de nuevos proyectos en beneficio de los cerros orientales.

“Solo por el hecho de tener una vista espectacular sobre la ciudad y por sentir cada mañana la frescura del aire puro en la cara, somos más que afortunados. Es inaceptable no cuidar este suelo”, señala Carmenza García, residente de San Luis.

Los cerros orientales se han convertido para estas poblaciones en la razón de sus días. Desde ahora no solo trabajan a diario por conseguir la legalidad, sino por cuidar y respetar esta tierra que tantas satisfacciones les ha dado.

“Vivo aquí porque me gusta la vida en comunidad, la ciudad es apabullante y en cambio aquí todo es tranquilo. Caminar la montaña, sentir el frío en las mañanas y disfrutar del medio ambiente es lo mejor… aquí a uno se le olvida que es pobre”, concluye Borda.

Comparte:

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Resolver esta pregunta es necesaria para continuar CAPTCHA de imagen
Introduzca los caracteres mostrados en la imagen.