¡Feliz día, papás!

Con ocho días de retraso, esta semana celebraremos en Colombia el Día del Padre. Este año, la fecha fue movida a través de un decreto del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, para que no se cruzara con las elecciones presidenciales que se llevaron a cabo el pasado 17 de junio y, entonces, se pudiese homenajear como se debe a quienes han asumido el rol de la paternidad.

El cambio estratégico en la celebración, solicitado por los comerciantes del país, deja en evidencia que el valor sentimental de la fecha, hace rato fue opacado por el valor comercial. No es para menos, pues cada año se espera que durante este evento los colombianos gasten entre 100 mil y 200 mil pesos para el regalo de sus padres, y que –igual que en el Día de la Madre– se disparen las ventas y el consumismo.

Ahora bien, aquel panorama no les resta importancia a las dinámicas familiares que desde hace décadas suscita esta celebración y, en cambio, se convierte siempre en una oportuna excusa para exaltar la labor de quienes representan una figura paterna en la vida de otros.

Hasta hace unos años, la paternidad estaba estrictamente ligada con el hecho de ser progenitor; bastaba con ser proveedor, autoritario y hasta castigador. Por fortuna, aquellas herencias culturales quedaron atrás y dieron paso a imaginarios sociales más trascendentales.

Sobre ese asunto, el Instituto de La Familia de la Universidad de la Sabana publicó el año pasado un informe, en el cual se exponen datos interesantes sobre la evolución de crianza paterna en las generaciones que van de 1920 al 2000.

De acuerdo con la investigación, el ejercicio de la paternidad ha hecho transición desde la violencia física y verbal hasta el dialogo y las manifestaciones de cariño; en la transformación han influido factores como la revolución femenina, las leyes que protegen a los niños y la eliminación de paradigmas en lo que a una familia se refiere.

El informe plantea que entre 1920 y 1940 (baby boomers), los padres ejercían un fuerte poder sobre las madres y los hijos, y no tenían reparo en usar la violencia si veían amenazada su autoridad.

Entre 1950 y 1979 (Generación X), la violencia dejó de ser un método de formación y disciplina. En esta época la mujer incursionó en el mundo laboral, lo que permitió debilitar el pensamiento machista y primitivo hasta entonces presente. Ante las nuevas dinámicas familiares, algunos padres se mostraron inseguros y permisivos, y otros se negaron a dejar la crianza del pasado.

Los padres de la Generación Y o Milenarios (1980 – 2000) –dice el estudio de la Sabana– son más conscientes de sus responsabilidades con sus hijos, de la necesidad de repartir las tareas en el hogar y de la importancia del dialogo.

Aquellos razonamientos dan cuenta del devenir histórico de las familias, pero también confirman que, sea cual sea la época, la condición de padre va más allá de la mera reproducción; se trata de una de las bases fundamentales de la dinámica social.

Eso sí, indudablemente, el debut de un padre tiene cada vez más desafíos en los tiempos actuales.  A pesar de ello, muchos han asumido y siguen asumiendo esa difícil tarea de guiar a sus hijos –biológicos o no–, de convertirse en héroes a ratos, de aconsejar, de ser amigos, de ser soportes.

A ellos, la revista El Retiro les dice: ¡gracias, papás! ¡Felicidades en su día!

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